31 ene. 2009

Beneficios de la Danza. El Baile y la Eterna Juventud

Interesante artículo publicado en el Semanal por Isabel Navarro...

Estudios recientes prueban que mover el cuerpo al compás de la música beneficia nuestro cerebro: mejora la memoria, la planificación, la concentración… Y, por si fuera poco, activa los mismos centros de placer que el sexo. ¿Bailamos?

A veces, la ciencia se inspira en lo que podría ser sólo un chiste. "Snowball" (en inglés, `bola de nieve´) es una cacatúa, un pájaro blanco, al borde de un sillón que mueve la cabeza, levanta sus patitas y abre la cresta con pasión al ritmo de su canción favorita, Everybody, de los Back Street Boys. Su baile se ha convertido en un fenómeno en Internet, pero también ha modificado la manera en que los neurocientíficos entienden los procesos asociados a la percepción de la música y el movimiento rítmico. Si aún no sabe de qué le hablamos, entre en YouTube y escriba ‘cacatúa’. No se moleste en buscar el truco, porque no lo hay.

Cuando Aniruddh Patel, investigador del Instituto de Neurociencias de La Jolla, California, descubrió a Snowball, no vio, como nosotros, un pájaro haciendo su numerito, sino una contradicción con la tesis darwinista de que sólo los cerebros humanos están predispuestos para la danza.

Patel contactó con la dueña del animal para descartar así la posibilidad de que la cacatúa se moviese por imitación. Snowball realmente bailaba, aunque con el ritmo y la sincronización de un niño de cuatro años. Para el investigador, esta habilidad está presente en los pájaros, pero no en nuestros ‘hermanos’ los primates, ya que la capacidad de bailar se asocia con nuestras habilidades vocales.

«Los humanos y los loros –explica–son de las pocas especies con un cerebro preparado para el aprendizaje vocal, capaz de escuchar sonidos y coordinarlos con movimientos complejos (labios, lengua, cuerdas vocales) con el fin de reproducirlos. Otros animales, como los delfines, las focas y las ballenas, tienen la misma capacidad, por lo que también deberían poder bailar, aunque aún no lo sepan.»

Según Patel, su descubrimiento nos abre a importantes avances sobre la compleja relación neuronal entre los sistemas auditivo y motor, lo que podría ayudar a desentrañar enfermedades como el párkinson. Su investigación ha sido valorada por The New York Times como una de las diez más importantes de 2009, si bien otros científicos dudan de sus conclusiones. Entre ellos, Lawrence Parsons, de la Universidad de Sheffield, del Reino Unido: «Si existe consenso científico en que sólo los humanos somos capaces de hacerlo, es porque no se ha visto a ningún otro animal que baile en su medio natural».

La danza es un comportamiento humano universal asociado con rituales de grupo, una acción motriz que responde a sensaciones internas o a estímulos externos, pero, ante todo, es un placer. Personas de distintas edades y condición física pueden bailar durante horas en una fiesta sin sentirse agotadas gracias a la adrenalina y la serotonina que sus cuerpos generan durante la danza. De hecho, según el neurólogo de la Universidad de Columbia John Kra-kahuer: «La realización de movimientos coordinados estimula nuestro centro de recompensa cerebral». Bailar pone en funcionamiento los mismos centros cerebrales que despiertan el placer del sexo o de una buena comida, una razón evolutiva para que esta forma de expresión haya perdurado en el tiempo.

Lo curioso es que se producen efectos similares cuando sólo somos espectadores. Programas de televisión como Mira quién baila entusiasman a la audiencia también por razones científicas, ya que cuando vemos danzar a alguien se activan las mismas zonas del cerebro que lo harían si fuéramos nosotros los bailarines. Las responsables de este efecto son las neuronas espejo, una serie de células nerviosas que residen en el área motora del cerebro y que provocan nuestra emoción cuando un bailarín interpreta una pieza cargada de sentimiento.

Según este estudio del Institute College of London, atletas y bailarines podrían continuar entrenando mentalmente cuando sufren una lesión física gracias a este efecto empático. Al fin y al cabo, gran parte de lo que somos capaces de hacer lo hemos aprendido imitando a los demás, para lo cual se requiere una gran dosis de atención.

La música y el ritmo son el mejor ejercicio para que los diferentes sistemas cerebrales se armonicen y sean eficientes los unos con los otros. Parsons ha demostrado que bailar mejora la memoria operativa, la planificación ejecutiva, la habilidad en la realización de multitareas y la concentración. Para corroborarlo, un estudio de la Universidad de Washington observó mejoras importantes en enfermos de párkinson tras 20 clases de tango. Esta enfermedad produce pérdidas de neuronas en el ganglio basal, lo que interrumpe su comunicación con la corteza motora y provoca rigidez y movimientos inconscientes. Gracias al tango, estos movimientos se redujeron.

Además de proporcionar placer físico y ayudar a la coordinación y la planificación, la danza tiene efectos psicológicos positivos, ya que a través de ella somos capaces de expresar nuestros sentimientos y comunicarnos con los demás. Basándose en el principio de que mente y cuerpo son inseparables, la danzaterapia –una corriente liderada por bailarinas y psicólogas– surgió a mediados del siglo XX en Estados Unidos. Esta rama de la psicoterapia se ha convertido hoy en una disciplina con reconocimiento universitario y se aplica tanto para tratar a niños autistas, o con dificultades motoras, como para resolver problemas de pareja o de depresión.

«Usamos el movimiento como medio de comunicación e introspección –explica Hilda Wengrower, directora académica del Máster en Terapia a través del Movimiento y la Danza, que imparte la Universidad de Barcelona–. Bailar tiene un aspecto catártico de liberación y alivio, y por sí solo es positivo, pero no es suficiente para curar. En danzaterapia queremos conocer las razones que nos llevan a necesitar una catarsis, vamos un poco más lejos.»

Este método se ha revelado especialmente eficaz en los casos de anorexia y bulimia, ya que aúna la acción sobre la palabra y el cuerpo. «La imagen interna que cada ser humano tiene de su físico está compuesta por aspectos neurológicos, cognitivos y emocionales, conscientes e inconscientes. Uno de nuestros objetivos terapéuticos es que cada persona tenga de sí una imagen más real, que se conozca a través del movimiento.»

Los danzaterapeutas establecen con su paciente lo que denominan un `diálogo kinestésico´, y son capaces de diagnosticarlo observando su contracción muscular, respiración, ritmo, postura y forma de moverse. «Las emociones son siempre corporales», dice Hilda Wengrower. Y es que, sin duda, nuestra manera de bailar nos delata, pero también nuestra forma de no hacerlo. Los especialistas creen que todos podemos bailar, entonces ¿por qué son tantos los que se sienten incapaces? ¿Por qué hay tantos cuerpos de palo, convencidos de que la danza es cosa de brasileños o africanos? Por una cuestión meramente educacional.

Según el neurocientífico Lawrence Parsons, «no hay estudios científicos que determinen diferencias en el cerebro de dos humanos con más o menos habilidad para bailar, para la música, para las matemáticas o para el razonamiento. En la mayoría de los casos, ser mejor sólo depende de haber tenido un entrenamiento temprano en la práctica de esa disciplina». A partir del año, todos los niños, sin excepción, responden a la música moviéndose rítmicamente. Es natural, pero llega un momento en que algunos reprimen ese instinto y se bloquean.

El baile es otro modo de comunicación, otro lenguaje, por eso las personas con dificultades para expresar o sentir emociones son las que encuentran más dificultad para dejarse llevar por la danza. Los que prefieren no hacerlo se están perdiendo la posibilidad de sincronizarse con otro más allá de lo racional, la oportunidad de expresarse libremente, de generar endorfinas y adrenalina durante horas, de recitar su memoria y mejorar su capacidad de coordinación y planificación. ¿De verdad se lo quiere perder?

Isabel Navarro
El Semanal
De 25 al 31 de enero de 2009
Número: 1109

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